El Racismo no Tiene Alas

A pesar de que los primeros rayos de sol empiezan a asomarse entre los edificios, todavía hace frío cuando salgo de casa. Una ráfaga de viento helado me saluda cuando salgo a la calle y me obliga a subirme la cremallera del abrigo.

Mientras espero a que llegue el autobús me distraigo expulsando vapor por mi boca. Sonará raro, pero me gusta comparar el vapor con algunas personas. Aquellas personas que tienen la apariencia débil. Personas que, igual que el vapor, pueden ser atravesadas por el mas pequeño de los mosquitos. Sin embargo, estas personas pueden ascender hasta lo más alto.

El color amarillo del autobús que aparece en el horizonte hace que salga de mis pensamientos. Saco mi carné de estudiante para que el conductor me reconozca y me deje entrar. Cuando se abren las puertas y le enseño el carné, simplemente asiente como si nada y me deja pasar.

Aquí empieza mi primer peor momento del día. Casi todos los sitios están ocupados y yo empiezo a avanzar por el pasillo, recibiendo desprecio a cada paso que doy.

Algunas personas ni me miran, simplemente colocan sus bolsas y abrigos en los asientos que hay libres a su lado para no me pueda sentar. Otros sin embargo son más crueles, me miran a los ojos y me dicen cosas como: “ni lo sueñes” o “un conguito no se sentará a mi lado, olvídalo.”

Llego al final del bus, dónde me vuelven a rechazar. El conductor hace como si nada y arranca el bus. Me toca estar todo el trayecto de pie, sintiendo todas las miradas clavadas en mí, acompañadas de unas risas y algún que otro susurro.

Me enchufo los auriculares a las orejas mientras el deseo de dejar de existir me come por dentro. Aunque quizá sea la impotencia que las personas como yo tenemos que soportar a diario, por todas las agresiones directas e indirectas que sufrimos de gente que luego se echa las manos a la cabeza cuando decimos que es racista.

Porque es igual de racista que alguien te llame negro o “conguito” a que lo hayas escuchado perfectamente y no digas nada para defender a alguien que en lo único que se diferencia a ti es en el tono de la piel.

Siempre he intentado convencerme a mí mismo que ellos son los perdedores, que la ignorancia tiene las piernas muy cortas y yo siempre he sido de volar muy alto, donde unos comentarios no puedan tumbarme al suelo, donde el color de la piel no importa y puedo seguir siendo yo, sin que eso tenga nada de malo.

Alguien me saca de mis pensamientos cuando se choca conmigo, no quiero ni mirar por si no ha sido sin querer, pero vuelvo a notar algo. Esta vez un brazo agarrándome, por lo que me giro y veo a una chica sonriente agarrándome el brazo. La música sigue sonando en mis oídos, pero de sus labios puedo leer claramente la palabra “perdón” mientras su sonrisa sigue dibujada como una corriente de aire fresco en ese bus infernal.

Me contagia su sonrisa mientras vuelvo a enfrascarme en mi música, como si nada malo hubiera pasado. Como si el resto de personas del bus no estuvieran allí, como si el racismo de clase no existiera y yo fuese una persona más en el transporte público de mi ciudad y esas miradas de desprecio no tuvieran que ver conmigo.

Noto como todo el vapor del que antes estaba hecho, comienza a solidificar dando cuerpo a mis alas, instrumento que me sirve para dejar volar la imaginación que tantas veces ha salvado mi vida.

Todo empieza a importar un poco menos, la gente empieza a bajar en cada parada y sube gente nueva al autobús. Y siento que me dan un poco igual las miradas o los desprecios, ya no escucho los susurros o los comentarios feos. Allí sentada, sin apartar la vista de su móvil, sigue aquella sonrisa que hoy consiguió que mi fe en la humanidad no decidiese saltar al vacío conmigo de la mano.

Qué bonito se ha quedado el día para viajar en autobús y qué bonito hubiera sido desde el principio si los neandertales no caminaran por la calle en libertad sin fianza, hubiera sido un gran día desde el primer momento. Pero aquí en lo alto, con mis alas y mi cuerpo de color surcando el cielo, poco importa lo que pase ahí abajo, nunca nadie tan necio ha llegado tan alto.

El Racismo no tiene Alas es una colaboración. Un placer haber hecho esto junto a una gran persona como es Sergi Bestratén.

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