El reflejo del lobo

“Hay veces en las que te miras en el espejo y sonríes, otras veces te pones triste y otras, desearías estar muerto. Pero algunas veces, cuando miras lo que hay detrás del espejo, te trasladas a un mundo en el que jamás pensaste estar.”

Me miré en el espejo y dejé mi reflejo a un lado. Volví a buscar en el interior del espejo, igual que la otra vez había hecho. Una vez más sentí ese vuelco en el estómago, volví a caer sobre la cama y llegué a aquel extraño lugar.

Sin razón alguna, sentí de nuevo esa inquietud al poner los pies en aquel bosque. Puede que por su silencio inmenso o por lo solitario que era.

Me descalcé y luego me quité toda la ropa. Sentí por todo mi cuerpo la pequeña brisa de aquel lugar, mientras notaba cómo mi cuerpo desnudo comenzaba a tomar vida, a pesar de estar en aquel sitio, totalmente desconocido para mí.

Empecé a correr hacia el río para beber un poco de esa agua tan cristalina. Me agaché y vi mi reflejo en él. Pero había algo raro en aquel reflejo. No era yo. No era capaz de conocer a esa persona que vi en las corrientes del río.

Me quedé seducido por ese reflejo tan familiar para mí y, sin embargo, tan desconocido. Cuando estaba a punto de sumergirme en el interior del río junto a aquella figura que me miraba desde el otro lado, oí un ruido al otro lado del bosque.

Me levanté y empecé a andar hasta el interior, dejándome llevar por esos sonidos que eran como una música relajante para mis oídos.

En unos segundos, estaba rodeado de árboles. La oscuridad se hacía cada vez más profunda a medida que me adentraba en el interior del bosque, sin embargo, mis ojos podían ver con claridad en medio de la oscuridad.

Entonces lo vi. Era de un color grisáceo oscuro y sus ojos eran azules casi incoloros. Estaba recostado con su mirada clavada en mí. Su cola se movía de un lado a otro mientras yo lo miraba desde una distancia prudencial.

El lobo se incorporó y se acercó sigilosamente hacia mí. Me quedé quieto apoyado en el árbol mientras él estaba cada vez un poco más cerca. Se paró frente a mi e inclinó su cabeza, después, rozó su cuerpo por mis piernas y cuando iba a acariciarle, se echó para atrás. Me miró con desconfianza y empezó a correr hacia lo profundo del bosque mientras aullaba.

Empecé a correr detrás de él intentando alcanzarle. Cuando creía que la oscuridad no podía ser mayor, vi una luz a unos pocos metros. Corrí hacia ella y cuando llegué mis ojos se quedaron deslumbrados con tanta luz. Cerré los ojos y entonces vi dos sombras quietas justo frente a mí.

A un lado, el lobo tumbado. Su cola volvía a moverse.

Al otro lado, aquel reflejo del río. Desconocido para mí y sin embargo tan familiar. Mirándome con una sonrisa en la cara mientras acariciaba al majestuoso canis lupus.

Me acerqué lentamente hacia las sombras cuando de repente, otra luz volvió a impactar en mis ojos y cuando los volví a abrir, estaba en mi cama tumbado. El sudor recorría cada centímetro de mi cuerpo, mi respiración era entrecortada, mi vista estaba nublada… pero todavía le podía ver.

“Y una vez en ese mundo, hay dos opciones. Huir de él o volver a encontrar lo que venías a buscar…”

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